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ARTÍCULOS GALLÍSTICOS


ORIGEN DE LOS GALLOS EN EL PERÚ por Ing. Alfredo Price
Durante mucho tiempo, prácticamente hasta 1535 en el Perú no se conocía otro gallo de pelea que no fuera el español. La afición no avanzó ni se desenvolvió

ORIGEN DE LOS GALLOS EN EL PERÚ

por 
Ing. Alfredo Price

Como ya se mencionó anteriormente existen testimonios que coinciden en afirmar que los primeros gallos y gallinas fueron traídos a América por los españoles. Gálvez afirma que los cronistas anteriores al siglo XVIII no traen referencias concretas sobre la gallística. Y parece ser que las jugadas de gallos, no tenían por entonces mayor carácter público; pero, por otro lado existe evidencia de que los primeros gallos de pelea fueron traídos al Virreinato del Perú por doña Inés de Suárez, compañera del capitán don Pedro de Valdivia, prominente conquistador. 

Desde Lima se enviaron a todo el virreinato, se puede decir que tan pronto como los conquistadores pisaron tierra americana celebraron la primera riña de gallos. Los oficiales y caballeros españoles tuvieron buen cuidado de conservar la raza de sus gallos, pura, sin cruzarlos; no así los criollos, que bastardearon la raza al cruzarlos con gallinas corrientes, dando lugar al conglomerado de líneas existentes hoy en el llamado nuevo mundo.

Durante mucho tiempo, prácticamente hasta 1535 en el Perú no se conocía otro gallo de pelea que no fuera el español. La afición no avanzó ni se desenvolvió, sino hasta cuando fueron traídos los primeros gallos de México y cruzados con las aves existentes. De esto encontramos frecuentes menciones en los escritos de Paul Marcoy; el cual también menciona que en una época existió un criadero de gallos, para el cual no aparece otra explicación lógica como no sea el haber sido importado de las Indias Orientales Holandesas. Muchos de estos gallos pueden haber sido traídos por los piratas Holandeses que radicaban en el Golfo de Arauco (Chile); aparentemente por aquí empezó la ruta que los llevó al Callao, en Perú. Estas aves eran mayores que las Hispano Peruanas. Tanto las aves como las armas (navajas) con que juegan, fueron traídas de las Indias Holandesas. Pero sabemos que la navaja peruana fue diseñada tomando como modelo la navaja filipina y mexicana, aunque su peso y tamaño fueran influenciados por el de las javanesas.

El escritor chileno, Buffon, dice: nunca pudimos conocer las extrañas razas de gallos de pelea que se perpetuaron en Perú, exclusivamente para la riña. En Arauco (Chile) no se usaban como aves de pelea, sino que fueron mezcladas sin discriminación de ninguna especie con las razas bastardas del país.

Los bankivas, a pesar de las continuas importaciones, fueron desapareciendo, como desaparecieron de Perú los extraños perros mudos, que tanto intrigaron a los naturalistas.

La primera nota sobre las peleas de gallos escrita en el Perú, la encontramos en la publicación de Fuentes titulada Estadística de Lima publicada en 1558, en la cual se hace una descripción detallada del coliseo: "La cancha, o lugar de la lucha, es perfectamente circular, y tiene de circunferencia cuarenta y dos y media varas. Los asientos, colocados alrededor, forman nueve gradas que pueden alcanzar para 800 personas. Tiene doce palcos bajos y treinta y uno altos, además de la galería del juez. La entrada vale dos reales por persona, hay doscientas ocho galleras, que son unos pequeños cuartos sin puertas, separados unos de otros por quinchas de caña. El juez recibe una gratificación (cuatro pesos) todas las tardes de lidia. Las jugadas se hacen casi todos los días. Concurren a ellas, por término medio cuatrocientas sesenta personas, y a las de mucho interés hasta mil doscientas, que son las que la casa puede contener. El número medio de corredores es quince. El dinero que, según datos fidedignos, se atraviesa todo el año, entre caja y apuestas, asciende a noventa y ocho mil pesos, no incluyéndose las jugadas extraordinarias, en las cuales toman parte personas de alta posición social, y en las que han sabido apostarse hasta veinte mil pesos en una tarde."

En 1653 el padre Andaluz Bernabé Cobo publica el libro titulado Historia del Nuevo Mundo; en el cual nos da testimonio de la temprana afición en el Perú escribiendo lo siguiente: "No sólo sirven las gallinas de sustento para los hombres sino también los gallos de entrenamiento, como pasa en México, adonde los chinos los imponen a pelear unos con otros, y para esto los arman con agudas navajas que les ponen en los espolones; y ellos se embisten con tanto coraje, que se matan unos a otros. Acude no poca gente a ver esta pelea..."

A partir de ese entonces la historia es oscura. En el entonces Virreinato del Perú no se puede determinar cuándo tuvo lugar la primera lidia (riña) de gallos en Lima, pero se sabe por el libro "Tradiciones Peruanas" de don Ricardo Palma que medio siglo después de fundada la ciudad era ya general la afición, y que en las calles, plazuelas, huertas y aún en los claustros de los conventos había jugadas de a pico y de a navaja como sucede hoy en día.

También se dice que por el año de 1700 las jugadas de gallo eran motivo de desorden y alboroto público; por los continuos reclamos ante las autoridades competentes sobre la ventaja que tenía un oponente sobre otro, en cuanto al peso y tamaño de las aves se refiere. Y debido a que en el Perú de aquella época las aves de riña eran tan heterogéneas las autoridades del Callao disponen que en adelante los gallos salgan tapados o cubiertos para evitar medir o cotejar a sus oponentes y así evitar fraudes y reclamos.

En los pueblos de la costa, las festividades de ciertos santos se celebran con fuegos artificiales, toros y gallos, espectáculos que también tenían lugar en la elección de los prelados o en conmemoraciones especiales.
En los tiempos del Virrey Amat, era la plebe, la entusiasta por las lidias de gallos, así los artesanos y sirvientes desatendían sus deberes para jugar gallos en plena calle. Resultaban de aquí graves pendencias y alarmas para el vecindario pacífico.

En 1762 el general Ignacio de Escondón escribe y publica en Lima un folletín de ocho páginas, a dos columnas con un largo y pesado verso, celebrando las lidias de gallos y la erección de un coso de gallos, titulándolo Época galicana, égida galilea.

No atreviéndose el virrey a ponerse en pugna abierta con el pueblo, prohibiendo la riña de gallos, se dedicó a reglamentarla, y para ello aceptó la propuesta que le hizo el Catalán don Juan Garial para construir y explotar un coliseo con anfiteatro de nueve gradas en la Plazuela Santa Catalina y en terreno colindante con la muralla. La construcción concluyó en 1762, y el empresario Juan Garial se comprometió a dar anualmente quinientos pesos al cabildo y quinientos pesos al hospital de San Andrés, en compensación del privilegio exclusivo que éste tenía sobre la casa.

Al principio el Virrey Amat concedió permiso para que los domingos, días festivos, martes y jueves pudiese el empresario lidiar gallos; pero en 1781 pasó el edificio a ser propiedad del estado asignándose al juez del espectáculo el sueldo de quinientos pesos anuales.

En 1786, por Real cédula que vino de España, la licencia para reñir gallos se hizo extensiva a los sábados. 

En 1804 se traslado el coliseo o cancha de gallos a la calle del Mármol de Carbajal, en la parroquia de San Marcelo, edificio que estuvo en pie hasta 1868, en que fue demolido, pasando a ser propiedad de un particular.

El 8 de septiembre de 1819 se realizó un gran torneo de gallos en la Plazuela de Cocharcas festejando a la patrona, en la cual intervenían de un lado la aristocracia de los pergaminos, y del otro lado la aristocracia del dinero, cruzando sumas fabulosas en las apuestas. El flamante Conde de Castañeda de los Lamos don Manuel Díez de Requejo era el jefe del partido nobiliario, jefe del bando contrario era Pío García, acaudalado minero de Cerro de Pasco, y el juez de la cancha era el regidor del cabildo Marqués de Corpa.

Pactándose una pelea de siete topadas (seis a navaja y una a pico). Perdiendo Manuel Díez de Requejo las 6 primeras peleas y veinte mil duros. Para la séptima pelea, que era de a pico y no de a navaja como las anteriores, había reservado el Conde un gallo que contaba con más victorias que Napoleón y el minero sacó un lechuza, machetón, pata amarilla, hijo de chusco y gallina terranova, aunque recio de cuadriles, y que en el careo casi cacarea. Esto animó al condecito y dirigiéndose al minero le dijo: "Amigo, es usted hombre para aceptarme un envite, le apuesto mi título de Conde contra todo lo que llevo perdido en la tarde"." Topo" contestó el minero; quedando libres los dos rivales en el ruedo, dando cuenta de su rival el lechuza (al Napoleón su Waterloo), dejándolo besar la tierra. Al otro día y ante el escribano de cabildo José María la Rosa se formalizó la escritura en virtud de la cual el título de Conde de Castañeda de los Lamos era transferido a Pío García, quien al enviar a España el documento, para su ratificación por Fernando VII, cuidó de acompañarlo con buen lastre de onzas de oro. La confirmación llego tarde; esto es, cuando ya San Martín y los insurgentes ocupaban el palacio de los virreyes. Parece que la Real Cédula confirmatoria cayó en manos de Monteagudo, y que el ministro la aproximo a la bujía para encender con ella un cigarro. Y los envidiosos que nunca faltan, bautizaron al minero con el título de "Conde de la Topada".

Proclamada la independencia, el ministro Monteagudo, por decreto del 16 de Febrero de 1822, prohíbe el juego de gallos y el coliseo permaneció cerrado hasta pocos meses después de la batalla de Ayacucho, en que los colombianos, que eran tan aficionados como los limeños a las peleas de gallos, pasaron por encima de la prohibición. Poco después el Consejo de Gobierno restableció las lidias, destinando el producto del remate del asiento para el sostenimiento del Seminario de Santo Toribio.

Continuó funcionando la casa de gallos hasta el 9 de febrero de 1832. El ministro de gobierno don Manuel Lorenzo Vidaurre pasó en esa fecha un oficio al Prefecto de Lima, en el que decía que no podía tolerarse que el producto de una casa de inmoralidad, patrocinadora del ocio y del fraude, se aplicase al Seminario de Santo Toribio, dándose por sustento a una escuela de virtud el pan producido por el vicio.

Vino la guerra civil, y con ella bastó una disposición prefectural para convertir en letra muerta el decreto supremo, hasta que bajo la administración del presidente Balta, se eliminó de la central calle Mármol de Carbajal el coliseo de gallos. A partir de esta fecha nada se sabe hasta 1874, donde las lidias de gallos alcanzan un auge tremendo y se inaugura el coliseo de Malambito o Portada del Callao.

La descripción que se hace en aquella época del gallero dice que es un tipo digno de estudio dejando aparte a los aficionados. El gallero cuya fortuna le permite criar sus gallos en cómodas casillas o galleras, y destinar dos o más criados para que los cuidasen, pero el más aficionado a estas lides era el pueblo, y se decía que no existía rapista o maestro de obra que no fuese insigne gallero. Tras la puerta de la barbería o al pie de la mesita de trabajo, y entre el cerote, las hormas y el tirapié, estuviera amarrado el malatobo, el ajiseco, el cenizo y el cazilí.

Cuidabanlo como a la niña del ojo, y bien podía faltarles el pan para su familia, antes que el maíz para su engreído. Ciencia se necesita para preparar un gallo, y cada aficionado tenía su método propio, fruto de la experiencia. El día de la lidia apenas si se le dejaba probar bocado al animal, porque recelaban que con el buche lleno anduviese pesado en su vuelo y movimientos. Por la tarde envolvíase el aficionado en su capa y, llevando bajo sus pliegues escondido al gallo, dirigíase al reñidero, acompañado de sus amigos, que habiendo conocido al animal desde pollo y vístolo topar, no daban por medio menos su victoria.

Ricardo Palma dice que pocos juegos se han prestado a trampas más que el de gallos para explotar a los incautos, echaban en la arena un gallo rozagante contra otro de enclenque aspecto. Las apuestas a favor del primero eran, por su puesto, numerosas, y teníanse por gran torpeza arriesgar un centavo en pro de su rival. Pero, ¡oh maravilla!, el gallazo o no hacía golilla, cacareaba y corría, o se dejaba matar por su contrario el gallito tísico. Los que estaban en autos sabían que el rozagante, o lo habían emborrachado, o puéstole un pedacito de plomo en la cola para embarazarle el vuelo, o hecho al infeliz alguna otra diablura.

Hubo un gallo reputado por invencible y que contaba por docenas las victorias, a la postre, una tarde se descubrió la trampa: era gallo blindado como los buques de guerra, su dueño lo armaba con una coraza de hoja de lata ingeniosamente dispuesta, y contra la que era impotente la navaja. 

Otro caso de fraude registrado esta vez en los legajos o códice 456 del archivo nacional, hay un pliego que contiene la copia de un recurso presentado al noble cabildo de lima el 30 de junio de 1802, apelando de una sentencia pronunciada por el regidor de espectáculos, en la que se dice: "Era la tarde de San Pedro Apóstol, y gran concurso de jugadores ocupaba el coliseo de gallos, situado entonces en la Plazuela de Santa Catalina. Tratábase de una pelea de 7 jugadas a navaja, el gallo destinado para defender la cuarta pelea era un malatobo, bien laminado y de excelente registro, famoso en los anales del coso por haber pisado la cancha 5 veces en lo corrido del año, y salido siempre incólume después de despachar a sus rivales. El dueño del malatobo no consintió nunca que otro individuo sino el en persona amarrase la navaja a su gallo, cosa propia de un verdadero aficionado. El rival un ajiseco claro, machetón, vencedor de 4 lidias. Careados los gallos, ambos se remontaron a la altura de una vara; tomaron tierra, y el ajiseco se le prendió a la mecha al malatobo; éste zafó con malicia arrastrando el ala izquierda, y mientras el ajiseco culebreaba en vago, su contrario le clavó la navaja. La batalla duro veintidós segundos, y nadie hubiera osado poner en duda el triunfo del malatobo si un muchacho no hubiera gritado: ¡camarón¡ ¡camarón, ¡ donde la palabra camarón significaba trampa. Era el caso que, enredado en las plumas del pescuezo y roto por los esfuerzos de la lucha, arrastraba un delgado cordoncillo al cual estaba atada una crucecita de Guamantanga. La gritería que se alzó en el coliseo fue atroz y algunos de los partidarios del difunto se vinieron con palos, sobre el dueño del malatobo quien cargando con su gallo, corrió a refugiarse al lado del regidor, juez de la lidia. Los partidarios del ajiseco sostuvieron que el malatobo no había jugado limpio; pues no debía la victoria a su ñeque o pujanza, sino más bien al amuleto o reliquia que lo hacia invencible. El regidor convino en que adornar un gallo con una crucecita de Guamantanga equivalía a recurrir a malas artes, y que había algo de hechicería, conjuro e irreverencia. Por ende declaró tablas la pelea y envió a la cárcel al dueño del malatobo (si el cabildo confirmó o revocó el fallo de su regidor, no lo dice el manuscrito).

La afición a las peleas de gallos empieza a decaer, y ya no se codean en el coso generales y magistrados con zapateros y rufianes, como sucedía hasta 1860, y para 1899, ninguna persona que en algo se estima concurre al coliseo, y aún entre el populacho va perdiendo terreno la afición a la riña de gallos.

Por otro lado se cuenta que era tan grande la afición a los gallos de pelea, que el general Antonio López de Santa Ana, cuando estuvo exiliado en Perú abrió una plaza de gallos para el beneplácito del pueblo limeño, pero la realidad sobre la actividad gallística de Santa Ana no se sabe y es difícil que se llegue a saber algún día. Lo que no admite duda es su calidad como criador, que le permitió establecer su famosa casta de cenizos, y la gran afición que tenía por todo lo relacionado con el gallo fino, ya fuese la cría, la preparación o el combate, e inclusive se dice que organizó el primer torneo marítimo internacional de pelea de gallos el cual se llevó a cabo en el Golfo de México cuando él era presidente de dicho país, y los participantes fueron el estadounidense Nick Arrington y él.

El francés Max Radiguet, quien estuvo en el Perú hacia la mitad del siglo XIX, en su libro Souvenirs de L´Amérique Espagnole (Recuerdos de la América Española) dice: "Las peleas de gallos comparten con las corridas de toros el privilegio de atraer a la población limeña. Sin embargo, la casa de gallos nos ha parecido más particularmente visitada por las últimas clases de la sociedad. Sus aficionados son cholos, zambos y negros, que van allí a buscar sobre todo las emociones del juego..."

Desde 1899 en que las peleas de gallos sufren un descenso de público asistente y aficionados, no se tiene referencia de lo acontecido. Salvo la información de que no había la afición a pelear gallos de "Pico y Espuela". En forma aislada, lo hacía algún grupo de provincianos residentes en la capital, que cultivaban esta afición, herencia de su tierra; especialmente si procedían del norte peruano (Trujillo a Tumbes) o parte del oriente (Iquitos y pueblos ribereños del Amazonas). En Lima como en los departamentos adyacentes, las peleas se realizan con navaja libre, mayormente por los hacendados del valle y hombres de campo. Es así que durante las dos primeras décadas del presente siglo, se registraron oficialmente cuatro coliseos de a "navaja"; en Barranco, Magdalena, La Pampilla y el "Coliseo de Sandia" que el 15 de agosto de 1918 es inaugurado por su propietario César Aurelio Gonzáles- Vigil, ubicado en la calle del mismo nombre, el cual es reconstruido en 1933 a causa de un incendio. Este mismo señor construye coliseos en Pachacamac, La Oroya y Chancay.

Durante la década de 1940 a 1950 abren sus puertas tres coliseos más; uno en el puerto del Callao de propiedad del japonés Aguena, el más concurrido; uno en el Rímac, en la calle Francisco Pizarro y uno en Piñonate, en el distrito de San Martín de Porras, los tres de condición modesta. 

En 1959 se inaugura el coliseo el Gallo de Oro, de propiedad de los señores Núñez y Guillén, en el jirón Guillermo Dansey, que luego fuera del señor Jamiz, fue el máximo exponente entre los coliseos de pico durante muchos años, lo que le valió que fuera bautizado como "La Cancha Grande."

Durante 1960 a 1980, se abren nuevos coliseos, mayormente de condición modesta. En 1969 se realiza el campeonato internacional de la Feria de la Alameda, organizado por la cervecería Backus y Johnston a la que se invitaron delegaciones de Chile, Colombia, Ecuador, España, México, Panamá y Puerto Rico trayendo consigo diferentes tipos de gallos, armas y reglamentos. 

A partir de esa fecha, se cambió el arma, de espuela de gallo natural o prensada postiza, a espina de pez sierra, pasando por las de carey, espina de raya, cuerno de venado, hueso, diente de lobo, nylon o cualquier material no metálico. El tipo de gallo fue variando de un criollo oriental, compuesto por diversas variedades de japonés, aseel, malayo y algo de inglés, al criollo bankivoide español.

Es así que en la década de 1940 no había límite de tiempo para la pelea. Luego en la década de 1960, fue reduciéndose a una hora, a 50 minutos y finalmente a 45 minutos. En la década de 1970, fue bajando de 40 minutos a 35, 25 y finalmente, en los años de 1980 a 20 minutos para últimamente rebajarlo a 15 minutos, tiempo al que llega un 20% de las peleas.

En 1988 es cerrado el coliseo Sandia y se traslada al coliseo el Rosedal de Surco, peleándose los lunes y miércoles por la noche navaja; mientras que los viernes y domingos, se realizan peleas de pico y espuela.

Cabe hacer notar, que actualmente existen en Lima, más de cien coliseos de gallos de a pico y espuela, y por lo menos cincuenta de navaja en los que se juega principalmente de Mayo a Diciembre. 

Destacan principalmente el Coliseo Tradición Sandia en Barranco, el Coliseo de la Asociación Nacional de Criadores de gallos del Perú en Pachacamac, el Coliseo El Rosedal en Surco, el Coliseo Mamacona en Turín y el hermoso Coliseo del Círculo Gallístico del Perú en Lurín. Teniendo en la actualidad gran acogida, por ser un gran espectáculo, que en oportunidades se invita a través de órganos de difusión masiva, como la radio, televisión o los diarios. 

Incluso el Instituto Nacional de Cultura lo declaró como espectáculo cultural y Foptur lo promueve dentro de su calendario turístico, por ser nuestro gallo navajero único en su tipo en el mundo; considerado como raza el gallo navajero peruano y que Carlos A. Finsterbuch, menciona en su libro Cocfighting All Over the World, haciendo mención al señor Américo, como eminente aficionado peruano de gallos "navajeros" y juez del coliseo "La Pampilla", mostrando una fotografía de un ejemplar, la cual nos sirve de referencia para poder apreciar la evolución sufrida por esta variedad de gallo peruano hasta la fecha.



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